ChauPucho - Dejar de Fumar

Vivir mejor es posible

Cómo nos enganchamos con el cigarrillo?

La mayoría de los fumadores se inicia en la adicción durante la adolescencia, especialmente entre los 15 y 18 años, y pasan el resto de sus vidas padeciendo las miserias del cigarrillo. Generalmente mueren entre 5 y 20 años antes de lo previsto, producto de enfermedades crónicas y terminales producidas por el tabaco.

La publicidad del cigarrillo nos fue dada desde nuestra infancia y todavía tenemos las consecuencias de ello. Las publicidades de las marcas pioneras de cigarrillos estaban representadas por deportistas, conductores de Formula uno, hombres duros, mujeres sofisticadas y otros “exitosos” modelos en un ambiente natural. Incluso en las películas y series, los protagonistas utilizaban el recurso de encender un cigarrillo en momentos clave del film. Generalmente un cigarrillo ayudaba a pensar, a relajarse, a tomar coraje frente a una situación determinada, etc. Los generales “rudos” de las películas de acción, solían aparecer con una metralleta en cada mano y un puro en la boca.

Años de esta publicidad constante surtieron su efecto en millones de personas en todo el mundo. Es lógico que tras terrible bombardeo el adolescente pruebe esta droga para obtener alguna de las cualidades que se le adjudicaban implícitamente. La adolescencia es una etapa plagada de inseguridades y el cigarrillo otorga, mágicamente, seguridad, sofisticación, rudeza, etc.

También es normal saber de mucha gente que se inició en la facultad o en uno de sus primeros trabajos. El ver que nuestros compañeros, profesores, jefes, fuman para llevar las tareas diarias con mas tranquilidad, o mejor concentrados, o lo que fuera… surte efecto en el jóven que atraviesa un momento un poco flojo.

Y porqué seguimos fumando?

Cuando comenzamos a fumar el gusto es terrible, no se parece en nada al olor que percibimos al no fumar. Esos primeros cigarrillos nos queman la boca, la garganta y la nariz. Aprender a “tragar” el humo es terriblemente asfixiante y doloroso, el cuerpo reacciona inmediatamente contra el veneno que ingresa y su forma de decirnos “basta, no me hagas esto!” será con nauseas y sensación de desvanecimiento. Como si fuera poco, todo esto va acompañado de un claro aumento del ritmo cardíaco, el pulso se debilita, sentimos calor en todo el cuerpo y dolor de cabeza. Los síntomas varían de persona a persona.

Tras un período de malestares, logramos que el cuerpo desarrolle una tolerancia relativa a nuestra dosis de veneno y debemos seguir fumando para que la tolerancia se mantenga. Si dejamos de fumar un período de quince días, deberemos volver a pasar una nueva adaptación al veneno.

Pero por regla general todos tendemos a desarrollar ciertas mentiras con las que nos convencemos a nosotros mismos y nos quitamos de encima a quienes intentan alejarnos del cigarrillo: “Fumo porque me gusta”, “Fumo porque me tranquiliza”, “Fumo porque me ayuda a concentrarme”, “Fumo porque necesito algo que hacer con las manos”, “Hace mucho tiempo que fumo, ya no lo puedo dejar”. Lo primero que debemos saber es que estas excusas esconden nuestro propio temor a dejar de fumar y sufrir. Ser honesto con uno mismo es la clave que nos ayudará a encontrar verdaderas herramientas contra esta adicción.

El “monstruito” (como lo llama Alen Carr en “Es fácil dejar de fumar si sabes cómo”) constantemente exige su dosis, disfrazado de la excusa que sea necesaria, y cada vez que la obtiene se hace mas fuerte. Con tal de que la ansiedad constante por fumar deje de molestar, el fumador con gusto se prende un cigarrillo y pone su salud en riesgo entre otras cosas.

Cuando el fumador alega “fumar para concentrarse” la realidad es exactamente otra. Vive desconcentrado por sus ganas de fumar, por el monstruito que constantemente le pide su dosis, y el fumar unicamente quita esta molestia de encima y deja a un cansado fumador el camino libre para que, con la energía que le queda, emprenda su labor. Los no fumadores no necesitan nada para concentrarse. Ambos grupos por igual solo necesitan eliminar aquello que los desconcentra.

Dejar de fumar coloca al fumador en una situación nada agradable: cara a cara contra el monstruito que pedirá a gritos su dosis diaria.

La abstinencia física del tabaco es leve y se la puede superar sin mayores inconvenientes. Basta con compararse con adictos a drogas duras, en donde son capaces de no dormir por mucho tiempo debido a que sufren dolores del peor tipo por el síndrome de abstinencia. Afortunadamente en el caso del tabaco esto no existe, unicamente resuena la voz de la ansiedad que pide un pucho mas.

Luego de haber escogido un tipo de terapia (libro, parches, lo que creas que funcionará mejor para vos), encará el emprendimiento de convertirte en no-fumador con alegría. No te estás privando de nada bueno, y ya mismo podés empezar a disfrutar de los resultados de tu decisión.